La luna I

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  Sofía entraba todas las mañanas por la puerta del patio, y cuando entreabría una de las hojas para apenas pasar sin que entre la luz, de todos modos, se metía con ella una ráfaga de sol que mecía el aire y de a poco limpiaba lo turbio del territorio de los sueños. Él no se despertaba, apenas giraba envuelto entre las sábanas blancas, tapado hasta las orejas.     El día todavía no empezaba y ella ya era dueña de la Tierra, salía temprano a pilotear el mundo, caminando rápido para pelearle con su cuerpo al frío, recorriendo la ciudad, juntando las manos y acercándoselas a la boca para soplarlas y calentarlas un poco, cruzando la plaza hasta la casa de él. El sol se empezaba a abrir paso entre la niebla dándole al aire su olor a rocío, de vez en cuando se cruzaba con un colectivo que  llevaba pibes a la escuela o trabajadores a las fábricas de la planta industrial.   Todas las  mañanas pasaba frente a la pequeña tienda de campaña que habían montado en una vereda de tierra dos viejos cansados ya de tanta miseria. Dos lonas verdes superpuestas, haciendo las veces de paredes y techo sostenidas con cuatro palos raquíticos juntados de los árboles de alrededor. Al mediodía, cuando volvía a pasar, la vieja estaba preparando un guiso con cuatro lentejas y dos rebanaditas de zanahoria. El viejo se podía llamar José o de cualquier manera, pero ella le decía “adiós abuelo” y el tipo se lo agradecía con una pequeña sonrisa que asomaba entre las arrugas cada vez más marcadas por tanto frío. De vez en cuando pensaba en ellos a distintas horas del día, se quedaba recordando la imagen de cada mañana y pensando que alguna vez la suerte de esa vieja  podía tocarle a ella. Si algún día se cansaba, si los hijos que todavía no tenía la abandonaban, si se daba por vencida, la misma suerte de la vieja podía tocarle a ella. Y entonces, inmediatamente, se conformaba diciendose que no, sin más razones, que eso no iba a suceder, que no se iba a cansar ni darse por vencida. Pero la sensación de miedo ya estaba latiendo en su pecho, no es exactamente miedo la palabra para definirlo, pero era algo asi como el nacimiento de una sensación inquietante, de un lugar oscuro que antes había sido luminoso. Hasta que un día la carpa ya no estuvo más, ni tampoco los dos viejitos. Nunca más supo de ellos. Tampoco se preocupó por averiguar. Se preguntó si, porque había preferido no preguntar por ellos. Es muy poco lo que puedo entender, se dijo, y se olvidó de todo.    En toda la eternidad de los años que siguieron, solamente una vez más volvió a acordarse de ellos. Una tarde que andaba caminando por las afueras de la ciudad, y que hacía el mismo frío de invierno que en esos días de los viejos en la calle, vio, sentados uno al lado del otro a dos viejos, detrás de una pila de cajones de madera cargados de frutas. Se acercó para comprarles una manzana, pero el viejo se la obsequió sin querer recibir a cambio las monedas que le correspondían. Ella se fue, entre agradecida y molesta por llevarse sin pagar lo que fuera quizá para ellos la única venta del día. “¿Sino donde está la belleza?” le dijo el viejo y ella se fue, metiéndose de nuevo en la ciudad y en la noche que mojaba el aire. Días después, recordando ese suceso, se acordó también de los dos viejitos de la calle. Mienten, pensó. Todas los recuerdos mienten, cada luz amarilla del otoño, cada olor a hojas secas quemándose en el cordón de la vereda, cada juego en mi memoria es una mentira fabricada para tener algo en que pensar cuando estoy sola.    En cambio, cuando atravesaba la mañana hacia la casa de él, sentía como la alegría le empezaba a crecer desde los tobillos. Le venía subiendo algo así como la libertad y ella la reconocía y la atrapaba para llevarla y compartirla con él. Entonces empezaba a cantar muy suavecito, apretando un poco el paso para combatir el frío y para llegar más rápido. Tarareaba y sonreía, sabiendo que si la escuchara, él se acercaría y haciéndose el aturdido se llevaría las manos a los oídos y tambaleándose le pediría piedad, por favor, piedad y ella cantaría más alto para que él se acerque más y pueda sentir su olor y pueda besarlo y acariciarlo. Hoy tenes la cara como un gigante tímido que lleva flores, pensaba mientras seguía sonriendo y el viento le arremolinaba la bufanda como si ella fuera un aviador de la primera guerra. Le gustaba pensar eso, imaginarse como una heroína temeraria que defendía a su pequeño pueblo de los invasores y sabiendose vitoreada por las pequeñas multitudes de su aldea se subía al avión con una sonrisa y arremetía descarada y sin miedo sobre los ejercitos enemigos hasta hacerlos desaparecer escarmentados.

Una respuesta para “La luna I”

  1. jorisday Dice:

    la belleza esta en la alegría que crece desde los tobillos

    felicitaciones por el nuevo espacio!
    saludos

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