Febrero 23, 2008

“Puente suspendido
a las plantas trepadoras
se aferran nuestras vidas”
Haiku de Matsuo Bashö (1644-1694), considerado como el mayor poeta de haiku, nació y se educó como samurai.
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Escrito por fedeargento
Febrero 19, 2008
La gente que me conoce, sabe de mis afición por hacer listas. No de las listas que sirven, como la del supermercado o las cuentas del mes o cosas así. Las que yo hago son listas que podría decirse son inútiles, pero naturalmente, para mi no lo son. Por ejemplo: listas de personas que conozco, vale aclarar que esta lista goza de un status especial, ya que va a parar a un sobre que es estrictamente guardado y solo puede abrirse veinte años después. Lista de cosas que me gustan. Lista de cosas que me disgustan. Lista de ciudades (valen las que existen, las que son nacidas de la litertura, de las leyendas, las que desaparecieron, etc.) Listas de calles que pertenecen o aparecen en las canciones (el bulevar de los sueños rotos, Main Street, etc.), con estas calles voy a planificar una ciudad.
Pero hay una lista que en particular me gusta hacer, y que ya se convertido en algo colectivo y social, porque surge en cualquier momento y todos opinan. La lista de palabras lindas y la lista de palabras feas. Todos pueden participar y todos tienen sus plabras favoritas.
El otro día me sorprendió una noticia. En algún lugar del mundo, no recuerdo si era virtual o no, eligieron a “yakamoz” como la palabra más linda de todas las lenguas. Parece que yakamoz es una palabra turca que significa algo así como el reflejo de la luz de la luna en el agua. Me quedé pensando en la infinidad de hombres y mujeres que se han demorado un instante a observar el yakamoz, ¿que ocuparía sus mentes en ese momento? ¿que desiciones se han tomado observando el yakamoz? ¿cuántos han sido para que una nación entera (tan cercana a la medialuna) nombre con una palabra algo que otros no hacemos?
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Escrito por fedeargento
Febrero 17, 2008
Lo que hace que un objeto se convierta en arte es su posibilidad de ser interpretado. Claro que no es una condición excluyente. Necesitamos también de alguien que desee comunicar o expresar o … que desee, simplemente. El deseo es generador del arte. Pero lo que pone al objeto construido en su lugar es la lectura que se hace de él. Y eso si, es algo que le corresponde al que está en otro lugar distinto que quien compuso, pintó, diseñó, etc.
Esa posibilidad de regenerarse con cada interpretación individual hace que la obra trascienda el límite del artista. Y sea leída hoy ditinto de como será en 200 años o como era hace 20. Es por eso que me niego a pensar el desarrollo del arte en categorías, como Modernidad o Impresionismo o Posmodernidad o miles de etcéteras. De ser así, nos quedaríamos hablando de formas. Que pintaba con tales colores, utilizaban tales técnicas, o iluminaba de tal manera son recursos para decir algo. Veríamos forma y no materia y eliminaríamos el ¿por que? al hacer una lectura de una obra. Y el ¿por que? es una pregunta que halla respuesta en cada uno de nosotros de maneras distintas.
Hace muy poquito estaba leyendo un artículo en la revista Ñ que contaba como un cantante mantenía desde el escenario una estupenda relación con la audiencia, cantando muy bien y además haciendo uso de un discurso esperanzador. Decía que aunque todo se venga abajo, hay que sonreír. Y que siempre se sale, uno no vuelve a ser el mismo, pero siempre se sale. Y terminó cantando “la cigarra”. Hasta aqui la noticia que salió publicada.
Ahora biemn, podríamos decir que el tipo alentaba a pensar que a pesar de ministros de economía nefastos, planes económicos que nos terminaron sacando hasta el último centavo, presidentes que no pensaron en el bien común, que te quedaste sin laburo, que estabas en bancarrota, a pesar de todo podés resurgir de la tierra como la cigarra.
Pero si el tipo hubiera estado cantando ahí hace 25 años, la interpretación no podría haber estado cruzado por Menem o De la Rúa. Estaría probablemente más cerca de otros planteos. Necesidades y demandas sociales, gente que se fue y gente que se quedo tragandose su propio entierro.
Y sin embargo la canción está ahi, su forma, es la misma.
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Escrito por fedeargento
Febrero 15, 2008

Grita Moris desde los años ‘60 y yo lo escucho ahora. Esta canción me produce el mismo efecto que las musas inquietantes de Giorgio de Chirico. Una imagen del instante previo, la micromilésima de segundo antes que explote una bomba nuclear.
“No puedo salir, no puedo salir.
Me voy a morir dentro de mí.
Antes de morir yo quiero salir,
ver las estrellas, el mar, me quiero ahogar
y quiero salir, quiero vivir, me quiero ir
por favor, de mí.
Qué puedo hacer? No hay nada que hacer.
Tenés que vivir, tenés que sufrir,
tenés que sentir, tenés que amar,
te tenés que arriesgar, te tenés que jugar,
no podés tener seguridad, no podés tener
ninguna propiedead, te tenés que jugar,
tenés que jugarte, tenés que salir
a que te rompan la cara, que te maten, que te pisen.
Tenés que querer a cualquiera,
tenés que odiar a cualquiera.
Ay, qué puedo hacer? Estoy solo
y todos pasan a mi lado. Nadie me mira
o si me mira es para encerrarme.
Estoy muy encerrado.
De nada sirve escaparse de uno mismo.”
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Escrito por fedeargento
Febrero 1, 2008
Volvíamos con el Turco Elías desde Puerto Montt hacía Santiago. Allá habíamos dejado a Elisa y Yanina que iban a seguir solas su viaje de lagos y cordillera y océano hasta reencontrarnos todos en Valparaíso 15 días más adelante. Volvíamos a Santiago para cruzar ese día la cordillera y llegar a la Argentina porque se nos estaba terminando la plata y no nos quedaban lugares para alojarnos gratis y además alimentarnos. Por si fuera poco ya nos reclamaban seriamente nuestros trabajos en Rosario. Pero el caso es que teníamos un problema doble. Era el domingo patrio en Chile, así que todo el mundo andaba yendose a Mendoza para pasar unos días feriados allá. Y muchos venían a Santiago a participar de las fondas populares en los parques y de los dos o tres días que duraban los festejos. Por lo tanto, no había lugar en ningún colectivo hasta el lunes y no conseguiríamos alojamiento ni gratis, ni barato, ni caro. Cargados con una decena de bultos (entre bolsos, mochilas, carpa, bolsas de dormir y paquetes varios que nos rogaron las chicas que le llevemos porque se habían convertido en trastos inútiles para ellas) estabamos irremediablemente perdidos. Nuestra última opción era Juan Luis, mi amigo estudiante de la Universidad de Chile que me había dado la llave de su casa durante los 12 días que duró el seminario. Pero el me había asegurado que para esa fecha iba a estar en Valdivia en un congreso de jovenes dirigentes. Igual hice la prueba de llamarlo, aunque sea para que nos diera algún dato. Busque y rebusque entre mis atropelladas anotaciones de agendas improvisadas su número de teléfono hasta que cuando ya me estaba dando por vencido lo encontré. Entonces lo llamé y se produjo el milagro. El congreso se había suspendido, Juan Luis estaba en Santiago y nos invitaba a los dos a pasar la noche en su casa. No solo la noche, sino que además iba a estar muy contento de mostrarnos Santiago en ese día de fiesta. El Universo nos regalaba otra vez la felicidad. Con el turco no pudimos menos que abrazarnos y resoplar de alegría. Eran las nueve de la mañana y todo volvía a ser fácil. Nos ganaron ahora si, las ansias de desayunar un café con leche con medialunas. Decidimos tomarnos el metro hasta la casa de Juan Luis (que queda en el barrio histórico al pie del cerro Santa Lucía) y sentarnos en un bar que hay ahí cerca donde yo había visto medialunas. Cada paso que adelantaba el metro en su viaje subterraneo nosotros lo transformabamos en la más evidente sensación de alivio. El desayuno no fue lo que deseabamos. El mozo del bar se reía de nosotros diciendo que estos argentinos son unos flojos, coman más abundante y no ese desayuno minúsculo que toman ustedes. Claro que no hubo ni medialunas ni nada parecido. Tuvimos que conformarnos con un café negro y una porción de algo dulce que mi memoria piadosamente desbarrancó en el olvido. De todos modos Juan Luis nos esperaba, y ya había planeado una serie de actividades que solo ibamos a hacer dijo él si nosotros estabamos de acuerdo y le dabamos el consentimiento. Ese día anduvimos por los parques comiendo anticucho en los tablones de las fondas, tomando chicha con algun chileno que se acercaba a conversar con nosotros porque parecía llamarles la atención nuestra condición de extranjeros. El día había resultado ser de un sol cálido. Cansados ya de tanto andar, pasado largamente el mediodía nos sentamos junto a un laguito en el parque O’Higgins y sin que me acuerde muy bien como, nos pusimos a hablar de las veces (pocas veces) que se puede ver la luna de un intenso color rojo en el cielo. Y de cómo esos días terminan siendo un recuerdo permenente. Hablamos de la increíble belleza que regalan esos momentos ínfimos y de su eterna permanencia en la memoria. La charla sobre lunas rojas nos acompaño un buen rato. Cada uno contó su mejor luna roja y despues contó las dos o tres restantes que tuvo la suerte de ver. Muy pocas para toda una vida. La belleza de las lunas rojas se hace más fuerte tal vez por la escazes de oportunidades de apreciarla. El día iba terminando y los tres veíamos caer el sol en el Parque Hípico sentados en un banco mientras a pocos metros nuestros cantaba un Topo Gigio chileno (le habían cambiado el nombre por el de Ratoncito Manuco) en un teatro de títeres para chicos. Al otro día salimos de madrugada de Santiago, pudimos finalmente cruzar Los Andes y llegamos a Mendoza. Teníamos un par de horas hasta que saliera nuestro colectivo que nos llevaría a Rosario. Fuimos a caminar un poco por la ciudad, merendamos como si se tratara de un almuerzo y volvimos a la terminal para irnos. Ya era de noche cuando el colectivo salía de Mendoza. Preparandonos para dormir veníamos conversando con el turco sobre las casualidades y él me contaba una cálida historia de azarosos encuentros que le tocó vivir en Europa. De repente miro por la ventanilla y la veo. Perfecta, inmensa en su pequeño resplandor de fuego (como todas las que me tocó ver), absoluta en su círculo. Otra vez el milagro se producía. Una redonda luna roja atravezaba la atmosfera y salía a recibirnos. Yo juro que hasta sonreía.
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Escrito por fedeargento